domingo, agosto 13, 2006



JOHNNY BARBIERI Y UNA POÉTICA DE LA UBICUIDAD*


Por: Antonio Sarmiento

Cuando en 1993 se publicó Branda y La Mesón de los Pandos de Johnny Barbieri, gran parte de la crítica no reparó en las excelencias de este poemario que prácticamente pasó desapercibido y que, desde entonces, se mantuvo en una posición bastante insular. Pero a nuestro juicio, este libro, es uno de los emblemáticos de la poesía de los noventa, el cual, junto con otro paradigmático como Boletos de Lorenzo Elguero (también publicado en la misma fecha) cristaliza una de las tendencias surgidas en la década pasada: la metavanguardista, que asume la aventura interior de esos años. Dentro de un amplio registro expresivo, Barbieri acuña una técnica de tipo simultaneísta (se convocan diversos tiempos, ciudades, personajes) desarrollándose dentro de una línea experimental y muy lírica a la vez, en donde se guarece una mujer-signo: Branda. Este poemario consigue transmitir una atmósfera surreal, altamente sugerente y cosmopolita, que contiene ciertas reminiscencias con la Casa de cartón de Martín Adán y Nadja de André Breton. El libro azul, editado en 1996, representó una aventura y un desafío mayor para la escritura de Barbieri y para la poesía joven del noventa. Dentro de una sólida estructura abigarrada de referencias cognitivas e intertextuales –que evocan una experiencia desintegradora- los espacios de la escritura aparecen rotos, comprimidos y desechos. Pero en medio de este caos verbal, asumido como uno de sus principales riesgos y limitaciones, siempre hay un hilo conductor reflejado simbólicamente mediante la utilización de toda una comunidad de signos, formas e imágenes que se incrustan en el texto. Hay en todo ello una clara intención liberadora de ir más allá de ese laberinto o de las fronteras que suponen los hitos del lenguaje. Existe aquí toda una experiencia reordenadora de aquellas imágenes fragmentadas para así acceder a la deseada espiritualidad, a ese baño lustral y cósmico (intención observable desde el dibujo de la portada). Maka (1999) retoma la línea inaugurada por “Branda” aún cuando no consigue mantener el desgarrado ritmo a borbotones de ese libro inicial. Sin embargo, la vitalidad y el discurso progresivo y ascendente, que caracterizan los periodos extensos de su poesía, le permitirán esta vez expresar un acento más límpido que luego cristalizará en un espléndido conjunto de poemas, titulado Jugando a ser Dios (2000) en donde la madurez conceptual se da de manera libérrima y desplegada en el tiempo para evocar un mundo representado, sólido y sugerente, que le permitirán adentrarse en ese ámbito iluminado y profético de la palabra poética, en el mismo verbo adánico, en el propio fiat lux creador que nos traslada hacia horizontes mágicos y ficcionales. La frase creacionista de Vicente Huidobro: “El poeta es un pequeño Dios” puede asociarse a la imagen que da título a la obra; pero mientras el notable vate chileno esgrimía una poética casi ultra estética, Barbieri confiere a su poesía una actitud mucho más vital, de sangrante humanidad. De allí que vida y poesía están indisolublemente ligadas hacia la búsqueda de la esencia y del origen que, finalmente, se han de resolver en una especie de evangelio personal en donde el grueso de imágenes y el ludismo verbal trasegan y sudan humanidad. A pesar de que los poemarios de Johnny Barbieri han tenido poca fortuna de difusión, producto de la displicencia de ciertos críticos locales, más atentos a conveniencias y favoritismos; sin embargo, este vate siempre ocupó un lugar destacado y demuestra con talento el alto nivel alcanzado por la poesía de los años noventa.


*Publicado en la revista Olandina Nº 13, julio/octubre de 2001

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